DEDICATORIA

Este blog está dedicado a los padres que se pasan horas y horas ante el televisor, mientras sus hijos pasan horas y horas ante la consola, y también está dedicado a los maestros que van al trabajo como quien va a la oficina, como una rutina más de su vida, que han perdido el afán de aprender (¿lo tuvieron alguna vez?) y por ello son incapaces de transmitir el más mínimo entusiasmo por los misterios del mundo a sus desafortunados alumnos.

viernes, 20 de junio de 2014

PEDAGOGÍA TERAPÉUTICA Y CRÍTICA

Despedimos el curso escolar con una recopilación de testimonios aportados por amigos y colegas, que nos muestran hasta qué punto la pedagogía terapéutica vigente en nuestros centros escolares tiene bien poco de pedagogía y mucho menos de terapéutica.

  • En un centro de educación especial del extrarradio de Barcelona, niños con importantes déficits cognitivos y de movilidad son castigados y llevados a los pasillos por portarse mal.
  • Un profesor de educación especial de secundaria nos explica que tiene enormes dificultades para hacer comprender a sus compañeros docentes que un niño disléxico comete inevitablemente faltas de ortografía y no suele hacer buena letra, y por tanto no debe ser evaluado de la misma manera que los demás.
  • Un alumno de nivel medio de ESO, aquejado de síndrome de Tourette y trastorno obsesivo compulsivo, que sigue un programa individualizado en el centro escolar, se queja seriamente de que ninguno de sus profesores lleva a cabo la adaptación correspondiente a sus necesidades, por lo que acaba suspendiendo casi todas las asignaturas. Al parecer, bastaría con que este alumno pudiese presentar las tareas escolares realizadas en el ordenador, y pudiese realizar los exámenes oralmente, pero los profesores se resisten a hacer estas excepciones porque piensan que debe ser evaluado como los demás, que ha de tomar la libreta y el bolígrafo y ponerse a trabajar como todos. En este sentido, además de una inquietante obsesión por la uniformidad, estos docentes equiparan la escuela a un centro de producción, cuando en realidad es un lugar de aprendizaje. Es evidente que esto va más allá de la pedagogía terapéutica, pues pone de manifiesto una concepción general de la educación que no ha sabido superar estadios tradicionales, basados en las formas productivas de la etapa industrial.
  • Nos reportan un caso de dislexia que precisó de dos años para que la profesional del EAP del centro escolar de primaria llevase a cabo un diagnóstico. Durante ese tiempo, a pesar de las demandas de los padres, los docentes trataron al alumno como un caso más de "hace mala letra porque le da la gana".
  • Hay numerosos casos de Asperger en los centros escolares, a menudo sin suscitar ninguna acción. Estos alumnos son especiales, tienen dificultades de relación con sus compañeros, quizás no tanto con los adultos, pero siguiendo un programa adaptado todos ellos pueden rendir académicamente e incluso sobresalir en algunas áreas. Es una lástima que la mayoría de los docentes no se tomen en serios esta problemática y se empeñen en evaluar a estos niños igual que a los demás. Las quejas provienen básicamente de padres que se han hecho cargo de la situación de sus hijos y exigen a las escuelas que apliquen la pedagogía adecuada a su caso. A menudo, estos padres son tachados de sobreprotectores cuando sólo piden que los profesionales actúen correctamente: un tratamiento diferente para quien es diferente. A un alumno con Asperger no se le puede poner un examen redactado como si fuera un niño normal, porque su forma de procesar la información es diferente. Del mismo modo, su forma de expresión escrita tampoco va a ser la normal, no va a ajustarse a los límites esperados porque no puede gestionar bien toda la información que posee sobre un tema. Si tiene mala caligrafía, debería poder presentar los trabajos realizados en el ordenador. En el ámbito de la relación, el docente debe prestarle mayor atención individual, si quiere que capte un mensaje colectivo debe dirigirse a al alumno, o dárselo por escrito. Con una Asperger no vale un "lo dije a toda la clase, lo repetí dos veces".
  • Para algunos docentes, lo importante es que un niño con síndrome de Down aprenda a saludar y despedirse correctamente. Este empeño en la formación de hábitos formales no es tan inofensivo como parece, pues esconde una perversa concepción de la enfermedad mental: es mejor que parezcan normales, que aprendan a no molestar.
  • Este es un caso muy significativo. Por casualidad, un profesor de educación especial de un instituto entra en una clase para hablar con un alumno suyo, y advierte que hay otro cuya postura le llama la atención: está sentado con los brazos caídos, la mesa vacío, actitud pasiva. Se interesa por él, pregunta. Lleva todo el curso así, apenas interesado por nada, sin hablar con sus compañeros, sin responder a las preguntas de los profesores, sin llevar a cabo las tareas, etc. Lo más grave es que estamos en junio. Ningún profesor ha comunicado a su colega de educación especial tiene un caso así en el aula, que evidentemente requiere su atención. ¿Por qué? Sencillamente, porque este alumno no molesta, no interfiere. Si tuviese hiperactividad habrían saltados las alarmas el primer día de clase.




Notamos en muchos docentes cierta resistencia a cambiar de estrategias o métodos, a pesar de que en realidad eso no supone más que un primer esfuerzo. Pero si el sistema educativo sigue centrado en el docente, en lugar de llevar a cabo de una vez por todas ese urgente giro copernicano para centrarse en el alumno _cosa que ya Rousseau demandaba_, es necesario que los profesionales de la enseñanza adquieran las competencias necesarias para asumir todos esos retos que, al fin y al cabo, han estado ahí siempre, ante sus ojos, pero tapados por la masa de alumnos llamados normales.

Así que, para acabar bien el curso, vamos a hacer lo mismo que los docentes tradicionales: poner deberes. Si ellos creen que sirven para algo más que fastidiar las largas vacaciones de los niños (que ellos también van a disfrutar, a diferencia del resto de trabajadores), pues nada, que asuman también ese fastidio y dediquen un ratito de cada día a leer alguno de esos libros, pues es evidente que muchos de estos docentes "deberían esforzarse más para alcanzar el nivel deseable".

Recomendamos:


Howard Gardner, Inteligencias múltiples. La teoría en la práctica. Barcelona, Paidós, 2011.

La teoría de las inteligencias múltiples llevada a las aulas.













Daniel Pennac, Como una novela. Barcelona, Anagrama.

Revolucionaria estrategia para estimular la lectura en los niños.














Daniel Pennac, Mal de escuela. Mondadori, 2008.

Una crítica mordaz a la escuela tradicional.
















Podríamos recomendar algunos más, pero a riesgo de saturar a los docentes tradicionales.



 Feliz verano.
Héloïse La Nouvelle













martes, 17 de junio de 2014

Colegio Stel·la, crónica de un cierre anunciado


El Colegio Stel·la, un centro de enseñanza privado concertado fundado en el 1954 y situado en la zona alta de Barcelona, cierra este mes de junio después de cumplir 60 años de existencia. Me lo dice un amigo que trabaja allí desde hace más de 20 años. El cierre de un colegio es una mala y triste noticia que deja siempre un amargo sabor, como cuando cierra el cine de barrio donde quedábamos con los amigos las tardes de domingo. Pero, ¿el cierre de un colegio siempre es una mala y triste noticia? ¿Podemos llegar a alegrarnos sin sentir vergüenza o remordimientos por ello? Los caminos del progreso moral son, en ocasiones, imprevisibles. ¿Quién hubiera dicho que la píldora anticonceptiva representaría un paso gigantesco en la emancipación de la mujer de igual trascendencia que el derecho al voto o a la educación? Hay colegios que no deberían existir porque la pedagogía tradicional que practican supone una rémora para la buena educación, y mucho menos cuando se benefician de fondos públicos que no se destinan a la diversificación curricular y a los alumnos con necesidades educativas especiales o bien a la excelencia académica, sino a la mejora de la cuenta de resultados de sus propietarios. Espero ser fiel a los hechos y que mi amigo no se disguste por la siguiente crónica tejida con sus testimonios personales.


Financiación pública de negocios privados

Nos llevaríamos más de una sorpresa si analizáramos la contabilidad de algunos colegios privados concertados y comprobásemos hasta qué punto los beneficios se obtienen por la vía de la doble financiación que representa el concierto educativo con la connivencia de la Administración Pública. Que en España la educación privada concertada sea un negocio es patente a la vista de su amplia presencia en el sector: un 22,6% de toda la educación primaria y secundaria, 16 percentiles por encima del 6,5% de la media en Europa, según un estudio de Izquierda Unida[1]. No es en absoluto casual que los titulares del colegio Stel·la hayan decidido el cierre patronal cuando el Departament d’Enseyament de la Generalitat les ha retirado el concierto de diversas líneas al no cumplir el requisito principal de la ratio de alumnos. Lo que me lleva a plantearme la siguiente pregunta: ¿cuántos colegios privados concertados serían viables como negocio sin las subvenciones y la financión del Estado? ¿Exactamente qué derecho estamos garantizando con los tributos de todos los ciudadanos, la elección de centro de enseñanza o simplemente la eufemísticamente llamada libre empresa? Yo mismo quisiera educar a mis hijos en una escuela genuinamente libre de la red de la XELL con el mismo concierto educativo que tiene una escuela de cualquier congregación religiosa o entidad de capital riesgo, pero no tengo ese derecho. Lo que me lleva a pensar que en ausencia de equidad no hay justicia que valga, y sin justicia el Derecho es en la práctica una ficción que sólo sirve para legitimar las relaciones de poder existentes en las que unos pocos mandan mientras que la mayoría obedece y sólo se la necesita para apropiarse de sus capacidades y sustraer sus recursos.

Las causas de la pérdida de alumnado las analizaré más abajo, pero ahora es pertinente considerar algunas cifras. Si el principio fundamental de los conciertos educativos es garantizar el derecho a la educación de los hijos desde la libre elección de centro por parte de los padres, entonces cabe esperar la gratuidad de la escolarización para los niveles educativos obligatorios, exceptuando las cuotas para sufragar los inevitables gastos de suministros, alquileres y mantenimiento de edificios, material escolar, cursos de formación del profesorado, intereses financieros o por créditos hipotecarios, impuestos, etc. De todos estos gastos el mayor es el del alquiler. Pero resulta que en el caso del colegio Stel·la sus titulares son también los propietarios de los tres edificios en los que se realiza su actividad. Y por lo que respecta al mantenimiento es manifiesto el abandono de los tres edificios, de las instalaciones y del equipamiento, sobre todo en los últimos tres años. Y qué decir de los cursos de formación en un colegio que nunca ha tenido un plan ni estratégico ni  integral de formación, que hasta hace tan sólo 3 años los pocos cursos existentes los organizaban los delegados de personal al margen de la titularidad y dirección pedagógica y financiados con fondos públicos, hasta que los titulares descubrieron una nueva vía de doble financiación y ofertaron unos  mini cursos de inglés de poca utilidad práctica pero que al menos servían para que los docentes pasaran un buen rato riéndose unos de otros e incluso de algunos formadores, encontrando un poco de alegría en un entorno laboral deprimente. Una formación que ha tenido su colofón este año con el programa TREVA que ha resultado ser un completo fiasco, puesto que varios profesores no lo han cursado, unos cuantos más no han realizado la segunda fase del mismo, y lo que es peor no ha tenido ninguna aplicación ni concreción en las relaciones laborales, las relaciones de enseñanza-aprendizaje y la acción tutorial por la falta de asertividad, empatía  y liderazgo del mismo equipo directivo que lo ha promovido.

No obstante, las cuotas de escolarización, de las actividades complementarias y de los servicios que ya eran elevadas (si las comparamos con otros centros concertados de la zona en torno al Paseo de la Bonanova) se han ido incrementando, lo mismo que las aportaciones económicas a la Fundación Privada Stel·la. Huelga decir aquí que la forma jurídica de la Fundación privada en el sector de la enseñanza ha resultado en algunos centros concertados nefasta para los verdaderos fines de la educación ya que ha servido para desviar los fondos públicos a unos titulares de centros con espurios intereses en la educación. Y claro, después de campañas publicitarias tan perseverantes como aquella de "yo no soy tonto", los compulsivos consumidores y usuarios van y se lo creen, y después  no hay quién les engañe con unas cuentas como las del colegio Stel·la que, por lo que respecta a los ingresos por parte de las familias, para el curso 2013-2014 en los niveles concertados  y no concertados (Jardín de infancia y Bachillerato), según las actas aprobadas por el Consejo Escolar y el APA[2], son las siguientes:

1r ciclo infantil: 188 € (cuota) + 60 € (Fundación) x 24 (Alumnos) = 5.952 €
2n ciclo infantil: 36 + 162 x 47 = 9.306 €
Primaria: 106 + 116 x 130 = 28.860 €
ESO: 36 + 222 x 106 = 27.348 €
Bachillerato: 340 + 60 x 102 = 40.800 €

Total mensual: 112.266
Total anual: 1.122.660

Si para la empresa MONTVIKEL, S.A., que contrata a la mayor parte de los trabajadores del colegio Stel·la, siendo la Fundación privada Stel·la la que contrata al resto del personal no docente, el indicador del margen de beneficio para el año 2013 fue de un 10% (habiéndose producido una variación respecto al año anterior de un -4%), según un informe que se puede consultar en la Gestoria virtual Axesor[3], entonces  la plusvalía obtenida por sus propietarios, la familia Nogués Antich, que son también los titulares del colegio Stel·la, asciende a 112.266 €, una cantidad nada despreciable por ofrecer un servicio educativo que está subencionado. No obstante esta plusvalía puede ser sensiblemente mayor porque los alquileres de los tres edificios del colegio se computan como gastos cuando pertenecen a los mismos titulares. Naturalmente todos estos cálculos son conjeturas y extrapolaciones, y su validación requiere consultar la información financiera que se encuentra en el Registro Mercantil. Pero puede ser útil para hacerse una primera idea del volumen de negocio que mueve la educación en un centro concertado como este colegio. De todos modos cualquier padre puede hacer cuatro cálculos y llegar a unas estimaciones parecidas. Además, como todos los consumidores o usuarios sabemos, el precio de un bien es caro o barato en función de su utilidad y el beneficio que comporta. Si el balance es negativo entre lo que uno paga y lo que uno recibe a cambio, entonces no hay equilibrio posible, y la sensación de engaño no tarda en ir acompañada de desconfianza, desafecto y finalmente pérdida de fidelización.

Cuando unos padres anteponen el aprobado de sus hijos a la calidad de la enseñanza y eligen un centro como el colegio Stel·la (aproximadamente un tercio de las familias), en el momento que esto se acepta no se les puede vender después la moto que sus hijos suspenden porque no tienen suficiente nivel o porque arrastran dificultades para el aprendizaje, sin ofrecer al mismo tiempo ninguna solución más allá de la externalización de las atenciones que requieren esos alumnos o bien del aprobado al final del curso cuando la presión de esos mismos padres va acompañada de la amenza de cambio de centro. Del mismo modo que no es de recibo responsabilizar a los profesores del suspenso de esos mismos alumnos cuando la titularidad no ha dispuesto los medios necesarios para atendender a los alumnos con problemas o trastornos de aprendizaje, a fin de ahorrarse dinero, o simplemente se ha negado a aplicar el régimen disciplinario del centro a aquellos alumnos con conductas negativas que han impedido el buen funcionamiento de las clases, a fin de evitarse pérdidas de alumnos, si bien lo que han conseguido con esta pasividad es la fuga de algunos buenos alumnos o de aquellos otros que no reciben la atención que precisan por el clima enrarecido de las aulas. Aquí tenemos, en mi opinión, una de las causas del cierre patronal, en la medida que ha supuesto que, en los últimos tres años, se haya pasado de tener más de 600 alumnos matriculados a tener este año tan sólo 409 alumnos, y que en el pasado mes de mayo sólo se pudiera hacer la previsión de 291 preinscripciones para el próximo curso, aproximadamente un 71% de los alumnos matriculados este curso, según la información facilitada por los propios titulares del colegio Stel·la.

Por otra parte, a esos ingresos de los 409 alumnos matriculados en el colegio, hay que añadir los ingresos por los menús escolares, que con diferencia representa la principal fuente de ingresos, después de las cuotas por escolarización, en aquellos centros privados que ofertan el servicio de comedor. En este mismo curso 2013-2014 se han servido cada día unos 301 menús aproximadamente  (unos 200 de Jadín de infancia, Infantil y Primaria -todos los alumnos matriculados- y unos 100 de Secundaria) a un precio de 9 euros cada uno, lo que supone unos ingresos de 59.598 euros mensuales y de 595.980 euros anuales aproximadamente. Si partimos del supuesto bien razonable que los beneficios netos por el servicio de comedor gestionado con criterios puramente mercantiles pueden representar entre un 20% y un 40% de los ingresos, entonces podemos suponer que la plusvalía obtenida puede oscilar entre 119.196 y 238.392 euros aproximadamente. La nutrición de un escolar es un factor fundamental no sólo para el desarrollo de un niño y un adolescente, sino también para el aprendizaje. Si los responsables de un colegio son conscientes de este hecho y actúan en consecuencia, no deberían hacer de una actividad tan sensible para la salud un negocio. Sin embargo, sólo hay que analizar cualquiera de los menús servidos en el colegio Stel·la para comprobar que la calidad de los alimentos, su variedad y la elaboración de los mismos tiene un deficiente valor nutricional y dietético, muy alejado de las recomendaciones de los expertos.



Rebozado y contenido de queso y Jamón cocido de un San Jacobo
industrial servido frecuentemente en el menú escolar del colegio Stel·la

Llegados a este punto el lector puede pensar que un profesor de un colegio como el Stel·la ha podido hacerse el ciego, el sordo y el mudo para conservar su puesto de trabajo, pero quizás le cueste entender el mismo comportamiento por parte de los padres, y en particular por los responsables del APA y los miembros del Consejo Escolar. Sobre todo cuando los alumnos pueden contar en casa sus experiencias desagradables con los menús o los problemas o conflictos que puedan tener en las clases sin que se les dé ninguna solución satisfactoria. Sobre el autoengaño en la educación se pueden escribir ríos de tinta. Pero en esta ocasión la mejor respuesta es la más sencilla a la vista de los acontecimientos.

Por lo que respecta al APA se acaba de descubrir un agujero contable de cerca de 190.000 € hasta el año 2007, una cifra que puede aumentar cuando se revise la contabilidad de los años anteriores a esa fecha. Según ha informado la actual junta del APA a los padres del colegio, entre los que se encuentran algnos docentes, se está reclamando esa cantidad al que fuera los últimos siete años el presidente de esta asociación, una reclamación que de no ser satisfecha puede convertirse en una demanda de responsabilidad patrimonial, a parte de la posible malversación, administración desleal o apropiación indebida. Cuando hay dinero de por medio es fácil hacer callar la boca, y si además hay un presunto delito es fácil imponer la ley del silencio. Por lo demás, la elección de la Junta del APA arrastra desde hace muchos años un déficit democrático. Si bien es cierto que la participación de las familias suele ser escasa en la mayoría de APAs, tanto de centros públicos como privados, este hecho no justifica que no se celebren con todas las garantías las elecciones a la renovación de su junta. Muchos padres pueden dar testimonio de ello. En democracia nunca debería aceptarse como algo normal que la titularidad de un centro concertado imponga unos candidatos y que sólo se permita votar a aquellos miembros de la comunidad escolar afines a sus intereses. La cultura democrática es un valor fundamental para la existencia de un Estado de derecho porque es la vía más eficaz para corregir los abusos de poder y garantizar la equidad. Y para un centro de enseñanza debería ser el pilar fundamental que sustente las relaciones entre todos los miembros de la comunidad educativa. Cuando la democracia se sustituye por formas de gobierno no participativas y que se situan al margen de la deliberación pública, en la práctica no es posible controlar las conductas de quienes nos gobiernan, quedando expuestos los afectados a sus caprichos y arbitrariedades. El agujero contable antes mencionado es la mejor evidencia de las consecuencias negativas del abandono de la democracia, dejando de puertas afuera de los colegios nuestra condición de sujeto político.




Y con respecto al Consejo Escolar más de lo mismo. Todos los representantes de la comunidad escolar siempre han sido designados a dedo por los titulares del centro, eso sí, con el grosero simulacro de unas elecciones para salvar las apariencias, pero sin ninguna supervisión independiente ni censo electoral. En este nuevo episodio de déficit democrático encontramos, en mi opinión, otra de las causas del cierre patronal, por la falta de transparencia y control en la organización, gestión y dirección del centro. Del mismo modo que entre muchos docentes de los centros públicos  con estatuto de funcionario existe la creencia que ellos son los dueños de sus centros, anteponiendo en ocasiones sus intereses particulares a los de los usuarios de su actividad, como es el caso de la jornada intensiva de junio, hay titulares de centros concertados que se creen que pueden hacer lo que les venga en gana ignorando que la aportación de fondos públicos les exige el cumplimiento de unas normas fijadas por la administración educativa. Ahora bien, este comportamiento de los titulares no sería posible sin la complicidad de los otros miembros de la comunidad educativa, así como sin la pasividad de los representantes de la administración y de los sindicatos. La cultura democrática no puede evitar por sí sola la aparición de abusos de poder, corruptelas y prevaricaciones, pero sí permite descubrirlas, denunciarlas y corregirlas. El hecho que los titulares del colegio Stel·la jamás hayan tenido ningún control en su gestión, que jamás hayan sentido el aguijón de la crítica por parte de los otros miembros del Consejo Escolar, les ha ensimismado en su poder absoluto y ha hecho que su autoridad se pervierta y adopte la forma del autoritarismo. De este modo, los errores que han cometido estos últimos tres años no han tenido enmienda alguna para perjuicio no sólo de todos los afectados,  sino también para ellos mismos, a la vista de su solicitud voluntaria de Concurso de acreedores el pasado mes de mayo al decidir el cierre patronal del colegio.


¡Es la moral, estúpidos!

Los colegios pueden ser centros de reclusión de niños y jóvenes. Sólo basta ver los muros y las rejas que los separan de su entorno o la temporización de las largas jornadas escolares. En este tipo de centros la pedagogía que se practica consiste en ahogar con información el espíritu de los alumnos en lugar de encender con amor una llama en su espíritu, parafraseando aquí al mayor de nuestros pedagogos, Sócrates. El centro de la relación enseñanza-aprendizaje se halla en las figuras de autordad representadas por los profesores o el director del centro. El conocimiento se concibe de una manera mercantil como una transacción desde un agente externo con el que se adquiere una deuda y cuyo pago es la evaluación de los contenidos aprendidos. Si el alumno suspende se desencadena en su conciencia un sentimiento de culpa al no haber satisfecho la deuda y quedar pendiente de pago, lo que supone la imposibilidad de pasar al curso siguiente o bien la recomendación de un cambio de centro o incluso del tipo de educación. De este modo se efectua en la vida escolar un poderoso mecanismo de reproducción social. Los niños y jóvenes viven en las escuelas un proceso semejante al de los adultos en sus relaciones laborales y económicas, quienes llegan a anteponer sus obligaciones hacia el Estado, las empresas y los bancos a los satisfactores de su bienestar o felicidad. Nuestro sistema social fomenta a través de una determinada ética cívica, deontología del trabajo y consumismo basado en el crédito una relación de dependencia y servitud voluntaria que prioriza el pago a los acreedores a la satisfacción de las necesidades vitales, aunque en ello nos vaya la vida. Sirva como ejemplo nuestra Ley Hipotecaria o nuestra Ley Concursal.

 De hecho, que los colegios funcionen como centros de reclusión, además de ser aparatos ideológicos de reproducción social, es una medida más fácil y barata, a parte de no tener como adversarios a las élites económicas y las castas políticas, que la modificación de nuestra concepción de la economía y organización de las empresas, con largas jornadas laborales que impiden a los padres estar y criar a sus hijos. Pero los colegios también pueden ser espacios que cultiven la libertad, la creatividad y la responsabilidad, donde los alumnos echen a volar su imaginación, donde el pensamiento no tenga otro límite que el horizonte de los más elevados ideales culturales y donde se cultiven aquellas virtudes que suponen un valor adaptativo y que están en la base de nuestra moral universal, como es el altruismo, la pertenencia a un grupo y la confianza. En aquellos centros de enseñanza donde no se cultivan estas experiencias que nos hacen propiamente humanos se degrada nuestra condición hasta el grado cero de la brutalidad  y de la inmoralidad. Una de las cosas que me ha dicho mi amigo y qué más me ha revuelto las tripas ha sido el comportamiento negativo de algunos grupos de alumnos de la ESO tras conocer el cierre del colegio. Los adolescentes, como es sabido, tienen dificultades para regular sus emociones negativas por la falta de maduración psicológica. De ahí la importancia de la educación social y emocional en las escuelas. Si dicha educación brilla por su ausencia y también es en la práctica inexistente en sus hogares, entonces cualquier situación que comporte estrés estará fuera de su control. Pues bien, en estas últimas semanas se han observado en algunas clases conductas aberrantes, cargadas de violencia física y simbólica de algunos alumnos hacia aquellos profesores más vulnerables por no manifestar conductas autoritarias. Puesto que hablamos de menores que están obligados a asistir a la escuela, los responsables últimos de este tipo de comportamientos son los adultos. Si estos alumnos han manifestado un umbral de tolerancia muy bajo a la frustración y tenían a flor de piel la rabia que les impedía reflexionar sobre las causas del cierre del colegio es por el déficit de educación social y moral que han padecido. La ética y el civismo son materias del currículo académico, pero sobre todo son la expresión de la racionalidad humana que debe presidir todos nuestros actos y decisiones. Y su auténtica enseñanza no es a través de actividades y trabajos en las aulas, por muy resultadistas que sean sus presentaciones en PowerPoint, sino a través del ejemplo en la propia vida y del testimonio personal en toda clase de luchas y movilizaciones a favor de los derechos humanos y la justicia social. Hacer otra cosa es simplemente un acto de hipocresía, como bien han denunciado los alumnos más comprometidos del colegio Stel·la con la buena educación a través del siguiente vídeo:




La formación moral y cívica es uno de los puntales de la escuela, junto a la estrictamente académica, en una sociedad democrática. Pero para que dicha formación se efectue tiene que existir una decidida voluntad, así como un manifiesto interés por la educación, que se concreta en el proyecto pedagógico del centro. Pues bien, no deja de sorprender que en los 60 años de existencia del colegio Stel·la sus titulares no hayan fomentado jamás un proyecto pedagógico propio. Se ha dejado en manos de los sucesivos directores su ideación y aplicación, pero como ninguno de ellos tenía ni la formación ni la vocación suficiente para orientarse en materia de pedagogía no se ha hecho más que cortar y pegar los proyectos que tomaban de otros centros movidos únicamente por las ocurrencias y las modas del momento. Para una comunidad educativa un proyecto pedagógico tiene la misma importancia que una Constitución para toda una sociedad. Representa la hoja de ruta, las señas de identidad, los principios fundamentales que orientan las acciones, los procedimientos básicos para su realización y control. Un colegio sin proyecto pedagógico propio es como una novela sin argumento, en fin, un disparate. Como es un disparate que las normas legales que regulen la creación de una escuela se centren en el edificio en el que se realizará la actividad y dejen de lado la idoneidad del proyecto ideológico, como si un colegio fuese sólo sus paredes.

Estos días corre el rumor entre los profesores que el cierre patronal se debe a una operación inmobiliaria. Probablemente dicha operación esté en marcha. Presuntamente se han vendido los tres edificios del colegio al Grupo Hospitalario Quirón. Pero ningún empresario cierra el negocio de tres generaciones -que levantaron sus padres y que sus hijos esperaban continuar-, sin hacer los sacrificios que hicieran falta si hay una pasión que les mueva en su actividad. La pedagogía se puede definir como una técnica social por sus posibilidades transformadoras. Quien cree en la educación como medio de mejora y progreso de la vida social siente una poderosa pasión que le empuja a establecer generosas y benevolentes relaciones con su prójimo. En verdad, los grandes pedagogos también han sido fundadores de centros de enseñanza donde han dado testimonio de sus ideas. Si el colegio Stel·la cierra sus puertas por decisión de los titulares es porque éstos no sienten tal pasión, sino sólo la pulsión del lucro. La única responsabilidad de estos mercaderes de ilusiones es para con su patrimonio personal. Lo único extraño es que un centro de estas características haya durado tantos años, un hecho insólito que sólo acierto a explicar por la cultura de la subvención que ha caracterizado las actividades económicas de este país. Y cuando la subvención decae, como en este caso el concierto educativo, se cierra el negocio porque ya no es rentable.

Desde que se produjo el cambio en la dirección pedagógica del centro, hace tres cursos, el colegio Stel·la ha perdido más de 200 alumnos, una tercera parte del total de los alumnos matriculados por entonces. El anterior director no tenía talento pedagógico, pero tenía una conducta moral con todo el personal del centro y sabía tratar a los alumnos y sus familias. Además tenía contactos y una buena comunicación con la administración y otros centros de la zona, un activo absolutamente necesario en el sector de la educación y de difícil sustitución. No hay mejor prueba de lo aquí dicho que sus más de 35 años en la dirección del centro, lidiando con la administración en la concesión, renovación y ampliación del concierto educativo y también con los titulares en la expansión del negocio para asegurar su viabilidad. Su marcha se debió, probablemente, a diferencias insalvables con los titulares relativas a la gestión del centro y, tal vez, al proceso y a los candidatos para su sustitución. En cambio, la persona que le sustituyó ni tiene talento pedagógico, ni carisma, ni siquiera dominio del marketing. Su dirección pedagógica ha sido una calamidad y en sólo dos años, al no saber mantener su independencia y equidistancia entre los intereses de los titulares y del resto de la comunidad educativa, al alinearse claramente a favor de los primeros, ha dilapidado la herencia sin legado de una plantilla unida por relaciones informales, sin apenas conflictividad laboral y entregada a su tarea docente por motivaciones vocacionales. Su estilo directivo ha supuesto un factor negativo en la motivación de los mejores docentes y su falta de criterio pedagógico ha legitimado las actuaciones de los peores docentes, ignorando las continuas quejas de alumnos y familias, así como sus descalificaciones a aquellos otros profesores que juzgaban sumariamente, con la perversa lógica de amigo-enemigo, como responsables del mal funcionamiento del colegio, intoxicando con ello el ambiente laboral. No es una simple anécdota que a principios de este curso realizase una encuesta a todos los alumnos para que valorasen a sus profesores y como que las valoraciones obtenidas contradecían las expectativas de los titulares, a fin de poder legitimar en sus cargos al equipo directivo y a los tutores, y llegar incluso a sancionar a los profesores indomables, se mantuvieron los resultados en secreto. Basta con comparar los currículos de los docentes marginados con los de los encumbrados para percatarse de la arbitrariedad de su dirección pedagógica. De todos modos conviene subrayar aquí que la actuación que ha tenido esta persona es la que han querido los titulares del centro, ya que el principal aspecto que éstos valoran en todas las personas que han elegido para algún cargo de responsabilidad es la obediencia ciega a su autoridad.

Está claro que la preocupación que por aquellas fechas tenían los titulares de no errar en su elección para el cargo de director o directora, a fin de continuar el negocio, era más que razonable. Pero su incompetencia en materia de pedagogía les impidió ver asimismo que del error también se aprende. Y en lugar de buscar a una persona más idónea para el cargo, perseveraron en su error por no querer asumir sus responsabilidades. Uno de los rasgos que más diferencia una persona racional de otra irracional es que la primera siempre asume su parte de responsabilidad y no culpabiliza a otros ni mucho menos busca un chivo expiatorio. Si esta conducta nos lleva en nuestras relaciones sociales a la justicia y la felicidad, en el ámbito de las relaciones laborales hace posible la viabilidad de la empresa por simple pragmatismo. No hay combinación más nefasta para un empresario que la toma de decisiones conducida con los criterios de los gustos personales, teñida con las actitudes de prepotencia y acompañada con la más necia ignorancia. El resultado ya lo conocemos.

Que un empresario eche a perder su negocio es algo incomprensible, pero entra dentro de lo probable. De hecho, en nuestro país sólo tres de cada diez negocios familiares -como es el caso del colegio Stel·la- llegan a la tercera generación, y según los estudios que uno consulte esta cifra puede ser incluso mucho menor. No existen fórmulas magistrales para llevar un negocio. Si fuera así no cerraría ninguno. Pero sí existen algunos principios suficientemente razonables, como la prudencia y la profesionalización. De todos modos, si un empresario está mínimamente asesorado difícilmente perderá su patrimonio personal con el cierre de su sociedad. La responsabilidad patrimonial de una sociedad sólo alcanza a los bienes y derechos de la sociedad y no al patrimonio personal de sus titulares. Liquidado el patrimonio de la sociedad, si no se puede probar la existencia de negligencia profesional o de un delito por parte de sus socios, se extingue su responsabilidad con respecto a sus acreedores. Hablando en plata, que la mayoría de empresarios que cierran sus sociedades se van de rositas con todas las plusvalías generadas. Si para cualquier negocio esto puede parecer normal –al fin y al cabo nuestro derecho consagra la propiedad privada como el máximo bien que hay que proteger-, si se trata de un negocio que ha existido gracias a las subvenciones del Estado no debería ser aceptado como algo normal. Y si además se trata de un centro de enseñanza, el cierre patronal debería ser tratado de una forma especial. El problema es que existe un vacío legal al respecto, porque la administración educativa puede lavarse las manos si los alumnos de los niveles obligatorios se derivan a otros centros -aunque no sean del agrado de los padres, incumpliendo de este modo el principio fundamental del concierto educativo que consiste en la libre elección de centro-, al mismo tiempo que puede quedarse con las manos sucias por la suerte que corran los alumnos de los niveles no obligatorios, como es el caso del bachillerato. Así pues, los titulares de un centro de enseñanza privado concertado pueden cerrarlo como si se tratase de una churrería, y con la tranquilidad de conservar los incrementos del patrimonio personal resultado de esa actividad empresarial subvencionada con fondos públicos, que en el caso que nos ocupa se materializa principalmente en un Resultado del Ejercicio en el 2013 de 542.524 euros (con una variación respecto al año anterior de -30%) y en un Activo de 13.353.560 euros (con una variación respecto al año anterior de -23%), cuya anotación principal -cabe suponer ante una cifra tan elevada- corresponde a tres fincas con sus respectivos edificios en la calle Esperança, justo por encima del Passeig de la Bonanova, entre el antiguo centro médico Dexeus y el centro médico Teknon, una zona muy cotizada [4]. Sin embargo, el personal del colegio volverá a sus casas con la incertidumbre del cobro del salario de junio, de la paga extra de verano y de la tramitación de la documentación para cobrar el subsidio por desempleo, al estar las vacaciones de verano de por medio.

"Desde hace unos años, el centro no ha conseguido tener el número de alumnos necesario para poder conseguir pagar todos los gastos que genera un colegio como el nuestro. Durante varios años, hemos intentado buscar salidas a nuestro colegio, pero sin éxito, por lo que hoy resulta imposible mantenerlo abierto más tiempo. Cuando una empresa tiene más gastos que ingresos durante tantos años, termina, lamentablemente, con un cierre, como al que se enfrenta el colegio en estos momentos."
(Fragmento de la carta  enviada por Montse Nogués, en nombre de la titularidad del colegio Stel·la, a las familias el 16.06.2014. El texto completo puede leerse en este enlace: 
 http://somstella.wordpress.com/2014/06/11/acomiadament-de-la-titularitat/
En verdad, el único patrimonio inalienable que tiene un trabajador asalariado es su dignidad, que se manifiesta en el respeto de uno mismo y a los demás y en la defensa de los derechos que tiene como persona y como ciudadano. Quien vive sin respeto y quien renuncia a sus derechos pierde su dignidad. Si esto ya es grave en cualquier ámbito de la vida social, todavía lo es más en un centro de enseñanza por el testimonio personal y la ejemplaridad que deben manifestar siempre las personas que tienen a su cargo la educación de los niños y los jóvenes. Pues bien. El comportamiento de la mayor parte de los trabajadores de colegio Stel·la durante estos últimos tres años deja mucho que desear si lo analizamos desde una perspectiva moral. En contextos de bonanza económica y seguridad laboral, es difícil encontrar en las empresas actuaciones colectivas cuando se vulneran derechos laborales al mirar cada trabajador únicamente por sus intereses particulares, sobre todo si esta vulneración afecta sólo a una parte del personal y mucho más cuando afecta a una sola persona.  La ideología neoliberal ha ganado la batalla ideológica al calar bien hondo en la conciencia de los trabajadores la idea que antes que asalariados son consumidores y que si quieren disfrutar de todas las oportunidades de consumo que les proporciona el sistema capitalista tienen que observar el siguiente imperativo social: la mayor libertad en el consumo se gana con la mayor disciplina y obediencia en el trabajo. En efecto, hoy en día vivimos en un momento de hedonismo grosero, narcisismo e individualismo que rompe los vínculos de clase social y la solidaridad con los más desfavorecidos. En cambio, en contextos de crisis económica y precariedad laboral cabría esperar la actuación contraria, por un simple instinto de conservación que ve en la identificación con un grupo de iguales y en la acción colectiva la posibilidad de defender mejor sus intereses y superar con éxito las amenazas del entorno laboral. Sin embargo, esta lógica que puede observarse en operarios y en profesionales de algún sector, brilla por su ausencia en el personal de los centros privados concertados, donde parece que la defensa de su convenio colectivo no vaya con ellos, cuando posiblemente sea la única contención que queda a la desregularización del sector, tal como pretenden conseguir las patronales para determinar unilateralmente las condiciones laborales.

Todos los asalariados vivimos con preocupación la situación de las empresas en las que trabajamos porque si cierran nos quedamos sin el medio para ganarnos la vida. Ninguna persona normal y en su sano juicio quiere destruir la empresa en la que trabaja. Todo lo contrario, quiere contribuir a su mantenimiento. Si esto es cierto para cualquier trabajador, lo es más para sus representantes sindicales por la responsabilidad que conlleva su función. Un delegado de personal se puede equivocar en las formas, puede errar en la estrategia, pero no se le puede acusar de nada cuando defiende la legalidad vigente y el cumplimiento del convenio existente. Revocar de su cargo a un delegado de personal por defender los derechos laborales es un completo disparate además de un acto inmoral. Y esto es justamente lo que han hecho la mayoría de trabajadores del colegio Stel·la con uno de sus tres delegados, que no es otro que mi amigo. Ciertamente vivimos unos tiempos de oscuridad, en los que el miedo corroe la racionalidad y la valentía es un virtud que escasea. Pero a nadie se le pide ninguna acción heróica. Tan sólo que viva y deje vivir. Si uno no tiene el valor de defender sus derechos, lo mínimo que puede hacer es dejar que otro lo haga. La defensa de los derechos laborales nunca pueda hacer daño a ningún trabajador, sino todo lo contrario, porque tiene como única finalidad combatir la injusticia, un combate con el que todos ganamos salvo los enemigos de la justicia. Pero si este comportamiento inmoral ya es de por sí grave, alcanzó su más abyecta expresión  cuando se trató de manipular a los alumnos y a algunas familias para que denunciasen a ese mismo delegado por supuestas faltas graves en su práctica docente, intoxicando con ello las relaciones entre profesores y de éstos con los alumnos. Lo primero que un alumno espera de sus profesores es que se preocupe por ellos, que los acompañe en su crecimiento personal, y que lo haga de una forma coherente y honesta, que lo tome siempre como un fin y nunca como un instrumento para otros fines ajenos a la buena educación. Cuando un profesor desconoce esta expectativa de parte de sus alumnos y con los juicios de valor que vierte en las clases calumnia a otro profesor, también ignora que con esta actuación inmoral no sólo se descalifica a él mismo sino que arruina la confianza de los alumnos depositada en su colegio. Si se quiere formar la estructura de la conciencia moral de los alumnos, además de garantizar su aprendizaje, se debe evitar someterlos a situaciones de estrés por la violencia simbólica que entrañan determinadas declaraciones.

En fin, lo que ha ocurrido en el colegio Stel·la estos tres últimos años era difícil de imaginar, porque el principal activo que tenía este colegio era el comportamiento moral de la mayoría de los miembros de su comunidad educativa, desde los titulares hasta el personal no docente. Un centro de enseñanza puede soportar muchas carencias, incluso la falta de prudencia y profesionalidad en la gestión empresarial y educativa. Pero esta causa por sí sola no es suficiente, aunque sea necesaria, para que se llegue al cierre patronal. Un centro de enseñanza es más que una empresa, aunque este suplemento no esté considerado ni en el derecho mercantil ni en la normativa de la administración educativa. Porque un centro de enseñanza tiene un intangible, el alma colectiva de la comunidad educativa que sueña en el perfeccionamiento de nuestra humana condición. El buen profesor es un hacedor de ese sueño y en sus clases va relatando su ideación. Cada profesor relata un fragmento de ese sueño y los alumnos participan del mismo en la medida que ese relato les llegue sin interferencias y de forma armoniosa. Es algo parecido a la música que interpreta una orquesta ante el público. Basta que haya unos pocos instrumentos desafinados o un sólo músico que no siga la partitura con el mismo tiempo y expresión para que el público perciba un ruido desagradable y no pueda disfrutar de la experiencia estética de esa malograda interpretación. Pues bien. En mi opinión la causa principal del cierre patronal del colegio Stel·la se encuentra en la miseria moral a la que han llegado la mayor parte de sus miembros, aunque en diferentes grados y por distintos motivos, tal como he tratado de exponer al hilo de algunos testimonios personales de mi amigo y que tal vez requieran una nueva aproximación mejor documentada y más extensa en forma de opúsculo. El tiempo y las circunstancias lo dirán.


August Mann





[1] Ver el informe “El coste de la plaza escolar en la pública y en la concertada. Desmontando un mito interesado” (2014), que se encuentra en formato digital:

[2] Estas actas fueron expuestas en tableros en cada uno de los tres edificios del colegio.

[3] El informe de los indicadores sectoriales de Montvikel, S.A., en el 2013, se puede descargar desde el siguiente enlace:

[4] Véase el anterior informe elaborado por axesor