DEDICATORIA

Este blog está dedicado a los padres que se pasan horas y horas ante el televisor, mientras sus hijos pasan horas y horas ante la consola, y también está dedicado a los maestros que van al trabajo como quien va a la oficina, como una rutina más de su vida, que han perdido el afán de aprender (¿lo tuvieron alguna vez?) y por ello son incapaces de transmitir el más mínimo entusiasmo por los misterios del mundo a sus desafortunados alumnos.
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lunes, 20 de octubre de 2014

COPIAR PARA APRENDRER

Mi hijo menor, que cursa 1r de ESO, ha traído esta tarde un montón de deberes para mañana; se los han puesto hoy, cinco profesores se han puesto de acuerdo sin contar con que ya había programado un examen de matemáticas. Nada fuera de lo normal, es la tónica habitual a pesar de toda la pedagogía que nos largan en las reuniones de principio de curso a los ilusos padres.

Lo que me ha llevado a escribir estas líneas es que entre esas tareas había una especialmente pesada: copiar del libro de sociales tres páginas que habían subrayado durante la clase. Casi las ocho de la tarde nos han tocado, libro en mano, dictándole el subrayado al chaval. Al final, casi he estado a punto de escribir yo misma. Me gustaría coger a la profe de sociales y preguntarle qué sentido le ve a eso de decirles en clase qué deben subrayar, y luego hacérselo copiar en la libreta, y luego hacer los ejercicios correspondientes que, al fin y al cabo, sólo buscan que se reproduzca el contenido del tema otra vez en la libreta. ¿En qué condiciones se puede aprender así? ¿Cómo es posible que después de pasar seis horas en el aula deban dedicar dos horas más a tareas en casa, como refuerzo? ¿Por qué las actividades de aprendizaje no se realizan todas en el aula, a cargo del docente? ¿Por qué el docente prefiere tenerlos ocupados en copiar o subrayar, en lugar de arriesgarse a que piensen, busquen, duden, se expresen, hablen, entretanto encuentren respuestas, etc.?

¡Qué fácil es mantener así callados a los niños! Casualmente, yo también soy profesora de instituto. Por supuesto, no hago con mis alumnos lo que antes he descrito. Pero me topo diariamente con el resultado de ese lastre. Después de haber pasado a mis alumnos de 1r de bachillerato una prueba escrita de filosofía, un texto con preguntas que implicaban un ejercicio de comprensión lectora y expresión escrita, me he dado cuenta del enorme obstáculo que tengo delante: mis alumnos no saben seleccionar las ideas principales de un texto y ponerlas en relación, ni siquiera esquemáticamente. Y eso ocurre incluso entre quienes han aprobado el examen.

Naturalmente, mis alumnos se han defendido alegando que nadie les ha enseñado. Creo que es cierto. Con la excepción de algunos docentes plenamente concienciados de cuál es su función, estoy segura de que una buena mayoría les ha hecho pasar los cuatro años de la ESO subrayando el libro para después copiar en la libreta. Si antes no les han pedido que lo hagan ellos por su cuenta, que busquen las ideas principales y hagan un esquema, en suma, que piensen, busquen, investiguen, duden, esbocen, definan con sus palabras, etc., ¿cómo van a hacerlo bien cuando lleguen al bachillerato o a la universidad? Eso sí, dominarán a la perfección el arte de reproducir el discurso de otro, que es al fin y al cabo el objetivo final de una educación controlada por el sistema económico, del cual las editoriales escolares sólo son la garra peluda detrás de la cual hay un brazo y un torso, también peludos, pero ocultos a nuestros ojos, ya que estamos demasiados ocupados para también buscar por nuestra cuenta las ideas principales del contexto en que nos movemos.

Héloïse La Nouvelle





sábado, 30 de marzo de 2013

APUNTES SOBRE LA EDUCACIÓN EN COMPETENCIAS



Después de haber leído el artículo de Olmedo Beluche sobre los fundamentos y vacíos de la educación por competencias, que publicamos recientemente en este espacio (en este enlace), por cuestiones de documentación comencé a leer un texto clásico, la Paideia, de Werner Jaeger, escrito los años 20-30 del siglo XX, y dedicado a analizar el proceso histórico de formación de los ideales de la cultura griega, en vistas a su aplicación en los procesos educativos. Es decir, una especie de revisión histórica muy detallada sobre para qué educaban los griegos a sus niños y jóvenes, qué pretendían hacer con sus personas y sus espíritus.

Para quien esté interesado en este gran libro, puede hallarlo en versión digital en este enlace, previa subscripción gratuita a http://www.4shared.com/. Es un servidor de archivos compartidos.




Es un libro enorme, más de 1100 páginas, de las cuales he leído apenas 50 y puedo asegurar que, desde una perspectiva de pedagogía crítica, el subidón de adrenalina es superior al del Dragon Khan de Port Aventura. En estas primeras páginas, Jaeger analiza los comienzos de la educación en las primeras sociedades griegas, las monarquías micénicas y después en las ciudades estado regidas por una aristocracia agraria cerrada e inmovilista.

Son sociedades donde existe una clara diferenciación entre la masa de hombres ordinarios, el pueblo llano dedicado a las tareas agrícolas y de pastoreo, o a la artesanía y al incipiente comercio marítimo, y la casta superior, dirigente, que controla los ejes de la economía local y el poder político, y en consecuencia, maneja la producción transmisión de las ideas, en el interior de su círculo y de éste hacia fuera.

La lectura del artículo de Olmedo Beluche me ha permitido conectar algunas ideas que aparecen en el texto de Jaeger: las formas educativas arcaicas reproducen la misma diferenciación que hay en la sociedad, en el ámbito de la actividad económica y política. Hay una educación apropiada para los hombres ordinarios (la techné), basada en la transmisión de habilidades profesionales en el seno de las familias, y una educación específica para los miembros de la aristocracia, herederos de una serie de virtudes, la areté, exclusivas de esa casta superior, que han de cultivar adecuadamente para poderlas desarrollar en la vida adulta. En ambos casos, los procesos de aprendizaje implican elementos adaptativos y de reproducción de las formas tradicionales, aceptadas por cada nivel social como propias. El hijo del alfarero aprende a manejar el torno y a manipular el barro para adaptarse a las exigencias de su entorno económico y tecnológico, para sobrevivir económicamente y, a la vez, perpetuar tales formas de vida, que transmitirá a las siguientes generaciones. El hijo del noble aprenderá a manejar el arco, el carro, la espada, modales cortesanos y el uso de la palabra para, a su vez, adaptarse a las exigencias de su propio entorno social y perpetuar esos privilegios en las siguientes generaciones y también la diferencia con el resto de los pobladores de la ciudad.

Sin embargo, se introduce aquí un elemento diferenciador que nos ha hecho pensar en el tema de la educación en competencias. ¿Para qué se educa en competencias? Todas las culturas arcaicas han preservado las formas de producción mediante sistemas más o menos sofisticados de transmisión de las habilidades profesionales, lo que Abbagnano denomina educación cultural, es decir, que la cultura, es decir, usos, costumbres, formas de hacer, habilidades técnicas, etc., se tiene que transmitir a los nuevos miembros de la comunidad para garantizar la supervivencia del grupo, sea grande o pequeño. Así, la educación en las sociedades primitivas está orientada básicamente a garantizar la transmisión y la reproducción de esos conocimientos experienciales y sapienciales que componen la cultura del grupo, de una generación a otra (puede leerse la Historia de la pedagogía de Abbagnano en este enlace).



En este punto, el proceso de enseñanza y aprendizaje no está necesariamente institucionalizado, no necesita escuelas sino adultos competentes en cada una de las materias y habilidades susceptibles de transmisión. Jaeger añade que hay en estos procesos la ausencia de una voluntad consciente de transformar al sujeto en un producto de esa cultura. Todos los pueblos educan, pero la falta de esa voluntad consciente se explica en el hecho de ser la educación una “función tan natural y universal de la comunidad humana, que por su misma evidencia tarda mucho en llegar a la plena conciencia de aquellos que la reciben y la practican” (Paideia I, 1). Esta ausencia de voluntad consciente es un rasgo de todos los pueblos primitivos, incluidos los griegos arcaicos.

En general, estas sociedades primitivas se caracterizan por la necesidad de inmovilizar las prácticas sociales como medio de asegurar la supervivencia del grupo. Los contenidos de su cultura están destinados a ser recreados, copiados y reproducidos, protegidos de toda variación e innovación. Es el arcaico nosotros hacemos las cosas así.



Estas culturas, dice Abbagnano, desarrollan estrategias pedagógicas orientadas a preservar la cultura en una situación estática para mantener el orden natural de la sociedad y prevenir toda alteración. Estas estrategias están basadas en:



  • Mecánica mnemotécnica, repetición, copia, memorización.
  • Evitación de la creatividad y originalidad.
  • Elusión de la individualidad de los educandos.
  • Acceso restringido a la formación superior, que sólo puede conseguirse por contacto con la casta dotada de ese conocimiento superior, que lo transmite sólo a los que ya pertenecen a ella por herencia, sangre, etc.

He aquí la gran diferencia entre unos procesos educativos dirigidos a los hombres que se dedican a la producción económica, y los que han de aplicarse a quienes va a ser los detentadores del poder político y del sistema de reproducción de las formas de vida, es decir, la transmisión de la cultura como forma de inmovilizar y perpetuar esas diferencias entre los pocos mejores y la mayoría ordinaria. La educación separada de las clases altas conduce al afianzamiento de la separación de castas, a su rigidez: la educación tiende a la diferenciación social, y es un proceso que siempre favorece a los aristócratas (Paideia I, 1).


Comienza así a configurarse muy tempranamente un conjunto de ideales educativos, un para qué educar, orientado a la básica función de diferenciar a los miembros de la casta superior respecto del resto de los hombres ordinarios. Se trata de dar una formación distinguida, consciente y de acuerdo con los imperativos de las costumbres cortesanas, que no es posible adquirir fuera de este círculo privilegiado (Paideia I, 2). Tan tempranamente que esas formas de educación privilegiada ya son descritas en las partes más modernas de la Ilíada y en la Odisea, obras ambas pertenecientes a la tradición oral recopilada por Homero entre los siglos IX y VIII a. C.

Y esa gran diferencia entre la arcaica educación en competencias para los hombres ordinarios y la educación de los hijos de los nobles radica en una intencionada atención a la formación del espíritu. “La educación, considerada como la formación de la personalidad humana mediante el consejo constante y la dirección espiritual, es una característica típica de la nobleza de todos los tiempos y pueblos. Sólo esta clase puede aspirar a la formación de la personalidad humana en su totalidad; lo cual no puede lograrse sin el cultivo consciente de determinadas cualidades fundamentales” (Paideia I, 2), al que no pueden acceder los hombres ordinarios, obviamente porque no disponen de los medios, ni del tiempo, ni del entorno adecuados.

Telémaco y su tutor, Mentor

El modelo educativo que describe entre los cortesanos griegos es el mismo modelo tutorial sobre un solo alumno que siglos después propondrán Locke y Rousseau, orientado especialmente a la formación de un educando de buena familia, el hijo del squire o gentleman, o el joven Emilio. La buena educación, la de calidad, es una areté, reservada a las clases superiores, mientras que el pueblo llano sólo puede aspirar a una mera techné, un aprendizaje de prácticas y habilidades destinadas a preservar su posición social, a inmovilizar su destino dentro de sus funciones económicas, y a garantizar que las ejercerá con total competencia.

Volviendo al artículo de Olmedo Beluche, no se trata tanto de desdeñar la educación en competencias como de situarla correctamente en el proceso pedagógico. Aprender a trabajar el barro en el torno puede ser tan necesario y conveniente como aprender a buscar información en google o a usar programas como excel y word. En la educación no podemos olvidar dos tensiones esenciales: la realidad que nos exige y los ideales que pretenden modificarla. Tarde o temprano, la realidad exigirá de los niños y jóvenes que se adapten a las condiciones del mercado laboral, establecidas por las empresas y los diversos factores productivos y políticos de nuestra sociedad; pero eso sin desdeñar la formación de los nuevos miembros de la sociedad en vistas a unas finalidades transformadoras, con la vista puesta en el cambio de las formas de producción que la educación por competencias, por sí misma, tienda a perpetuar. La adquisición de competencias no es perjudicial para los niños, salvo que esas habilidades sean lo único que esos niños vayan a adquirir en el curso de su educación. Sin embargo, parece que la escuela pública está obsesionada con la implementación de estos elementos como parte esencial de currículum, al tiempo que desdeña, recorta y convierte en optativos elementos más llenos de contenidos, de historia y de reflexión, que encajarían más en una formación del espíritu, aunque empobrecida por las metodologías estandarizadas de la escuela pública.

Una vez más, las castas superiores se reservan la mejor parte del pastel. La escuela privada se empeña en la transmisión de valores, en el cuidado del espíritu, en la formación de la persona, más allá de la adquisición de competencias, que también. Como en las cortes micénicas, los valores transmitidos conformarán esa areté exclusiva, sólo compartida por los miembros del círculo mágico (ese gran círculo de contactos personales y económicos), con el fin de perpetuar la diferencia y conservar los privilegios políticos, económicos y sociales.





Bibliografía:

Abbagnano, N., & Visalberghi, A., Historia de la pedagogía. México, FCE, 1992.

Jaeger, W., Paideia. México, FCE, 1957. 


Héloïse La Nouvelle

 










lunes, 1 de octubre de 2012

COPIAR DESPRÉS DE LLEGIR

Sóc professora de filosofia i tinc dos fills, un a la primària i l'altre ha començat aquest curs el primEr d'ESO. Quan als anys 80 vaig fer 3r de BUP, l'equivalent a l'actual 1r de batxillerat, vaig entrar en contacte per primera vegada amb aquesta matèria tan especial que és la filosofia. Puc dir que la vaig odiar des del primer dia. La professora que vaig tenir ens dictava cada sessió el que havíem d'aprendre, i després, a l'examen, havíem de repetir tot exactament igual, amb punts i comes. Encara conservo els apunts que em vaig passar a màquina, per poder llegir-los millor i memoritzar-los. No recordo haver après gaire cosa, llevat que la filosofia era un veritable rotllo; recordo el rostre d'aquella Rotenmeier, però no el seu nom. El curs següent, la història de la filosofia la donava el professor Raga, i va ser tot un canvi; aquell ésser petit i de veu fluixa t'explicava les coses com una novel·la, sense llibre de text, només els textos dels autors que havíem d'estudiar i un llibre recomanat, una de les millors introduccions a la filosofia que he llegit, la Breve historia de la filosofia, de Justus Hartnack. Resultat: vaig estudiar filosofia.

Tot això que he explicat té un propòsit: han passat els anys i sembla que no ha canviat gaire la cosa, encara hi ha professors que pensen que els alumnes aprenen copiant i repetint els continguts del llibre. No és només la precària dependència del llibre, sinó el fet de duplicar els continguts en comptes de explicar-los i fer-los servir de punt de partida per ampliar l'horitzó, la perspectiva, convidar a la participació, a l'aportació, a pensar noves idees, etc. És el cas de la professora de tecnologia del meu fill gran, que acaba de demanar a la classe la còpia a la llibreta de gairebé tot el tema 1 del llibre, a més dels exercicis que fan preguntes relatives al contingut del tema, és a dir, que per respondre-les només cal buscar al llibre, mai més enllà del llibre. Merda de llibre.


No sé què he de fer, senyors del blog que reben aquestes informacions, no sé què en diran, quan comentin aquesta carta. Jo estic per demanar de parlar amb el director de l'institut, o amb algun inspector, però em temo que la competència didàctica de tots dos serà fins i tot inferior a la de la professora.

Jo hem pregunto quina és la intencionalitat d'aquest mètode, vull dir la intencionalitat oculta, aquella que no surt a les programacions ni en els objectius generals ni en els terminals, que ja estic fins als ovaris d'aquestes merdes. Tothom va a la seva, copia les programacions i després fa el que vol a la classe, de vegades sense saber ben bé on volen anar. Què intentem que aprenguin els nostres alumnes si els fem copiar el llibre a la llibreta? No ho sé. Tal vegada que facin el mateix que nosaltres, copiar les programacions, copiar als nostres companys? Copiar és la negació de pensar, d'idear, de crear, d'innovar. És això, sembla que volem aturar les coses on eren fa trenta anys, quan em feien aprendre filosofia com a l'escola medieval. I ja sabem què passava a l'Edat Mitjana: que ningú sabia res que no hagués estat dit a l'Antiguitat clàssica.

Una mare cabrejada