DEDICATORIA

Este blog está dedicado a los padres que se pasan horas y horas ante el televisor, mientras sus hijos pasan horas y horas ante la consola, y también está dedicado a los maestros que van al trabajo como quien va a la oficina, como una rutina más de su vida, que han perdido el afán de aprender (¿lo tuvieron alguna vez?) y por ello son incapaces de transmitir el más mínimo entusiasmo por los misterios del mundo a sus desafortunados alumnos.
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jueves, 11 de julio de 2013

ESCUELA Y PODER EN MICHEL FOUCAULT

Nos hacemos eco de una entrada dedicada a la reflexión de Foucault sobre la escuela y las estructuras de poder. Contenido y comentarios nos han parecido sumamente pertinentes e interesantes. La entrada es de enero de 2013, pero los comentarios se han ido sucediendo a lo largo de los últimos meses y prometen seguir.

Puede leerse en este enlace.

jueves, 13 de diciembre de 2012

LA VIEJA ESCUELA


Recogemos el testimonio de Schiller sobre sus años de escolar, a finales del siglo XVIII. La pedagogía crítica debe contemplar los inconvenientes de la pedagogía directivista, no sólo en tanto que testimonio del pasado sino sobre todo porque tiende a reaparecer en el presente.




El texto pertenece al libro de Thomas Carlyle, Vida de Schiller, editado en Buenos Aires por Espasa-Calpe Argentina, 1952.



jueves, 13 de septiembre de 2012

REPRESIÓN NORMATIVA


Nos ha llegado esta protesta de unos padres que acaban de llevar a su hijo al Instituto por primera vez. Al margen de que puedan estar de acuerdo con la mayoría de las normas de convivencia del centro, no entienden el carácter represivo de algunas de ellas, tales como las caprichosas limitaciones a la fisiología humana, en forma de restricciones a la necesidad de beber y de hacer pipí.










Nos comentan:

"Nos parece que estas limitaciones son incompatibles con cualquier consejo médico, no entendemos cómo puede ser sano no poder hacer pis desde que entran, a las 8 de la mañana, hasta la hora del patio, a las 11, y luego otra vez desde que acaba el patio, 11:30, hasta que salen a las 14:30; tampoco es compatible con el buen desayuno que recomiendan los dietistas. Eso sí, los profes tienen llave y pueden ir al lavabo cuando les vengan ganas, y no se privan de agua si es necesario. Al menos, un poco de coherencia."

miércoles, 23 de mayo de 2012

Autoritarisme

Avui, el meu fill de 10 anys gairebé vomita el dinar perquè un montor del menjador l'ha obligat a menjar-se una oliva de l'amanida. Les olives no li agraden. Cal respectar aquestes coses dels nens. Si el forcem a menjar alguna cosa, no aconseguirem que li agradi, aconseguirem que no gaudeixi de l'àpat. No sé què fa aquest monitor amb els seus fills a casa, però a l'escola ha de respectar els nens i nenes. A més, li ha dit que és un fideu, que no menja i que està prim.

El cas és que ja m'havia queixat a la direcció per l'autoritarisme d'aquest monitor, i ara veig que no han fet res de res. No sé què puc fer després de tot això. Crec que les persones que tracten amb nens han de tenir cura d'aquestes coses, perquè amb els seus actes ensenyen models per al futur. Clar, potser aquesta gent vol transmetre això: que els nens han d'aprendre a obeïr, a engolir tot el que els donen, sense protestar. Així ens va.


Héloïse La Nouvelle

jueves, 3 de mayo de 2012

CULTURA DE ESFUERZO (2)

A propósito del vídeo de TV3 sobre el tema del esfuerzo, iba a añadir un comentario al que ha subido el amigo Cero, pero dada su extensión, debo hacerlo en modo entrada. Ahí va...

Tengo muy claro que la escuela es el primer aprendizaje de la resignación y de la sumisión, y no tengo dudas sobre los beneficios de este aprendizaje, porque al fin y al cabo la vida nos depara mucho de eso: hemos de resignarnos a un trabajo rutinario, a un horario, a unas limitaciones de espacio vital y de horizontes que, sin ese aprendizaje previo, nos parecerían insoportables. Desde este punto de vista, no creo que pueda hablarse de fracaso escolar, sino sólo de fracaso académico. Cuando el horizonte es tal, cómo va a ser posible generar entusiasmo por aprender, si ese horizonte se realiza ya en el rostro de los docentes y de los padres, que transmiten a los pequeños el vacío de sus propias vidas como seres para el trabajo y el consumo. De ahí el fracaso educativo. Los niños no gustan de aprender porque el aprendizaje se desarrolla vinculado a los mismos parámetros productivos que el trabajo adulto, donde se nos exige esfuerzo y resignación. Los niños se resignan a sumar y a restar, a escribir sin faltas, a cumplir con determinados requisitos; pero esos requisitos les alejan del gusto por aprender. Así que incluso con resultados académicos positivos, creo que hay que seguir hablando de fracaso educativo en profundidad.

La sociedad nos conduce a la resignación a cambio de pequeñas dosis de soma: ipods, ipads, smartfones, facebuks, consolas, trastos más sofisticados que nosotros, circo televisivo, futbol, basura comestible, coches, lavadoras inteligentes, zapatillas nike cosidas por esforzados y resignados niños asiáticos, fines de semana de consumo, etc. A cambio de eso nos piden resignación, y ahora estos nuevos consejeros nos dicen que hemos de fomentar el valor del esfuerzo, como japoneses y alemanes.

Error: el esfuerzo no es un valor, es decir, un bien en sí mismo, sino un instrumento para con seguir alguna cosa. Trabajo más horas para conseguir más dinero, le doy más golpes al clavo para que quede bien fijado, insisto más veces ante la administración para que me tengan en cuenta (esfuerzo inútil), me esfuerzo en caerle bien a mi jefe, para que no me fastidie tanto como a los otros. Ese es el auténtico concepto de esfuerzo. Introducir este concepto en educación es arriesgado: el aprendizaje no se soluciona con esfuerzo, porque el posible premio está muy al final, y además bno aprendemos por un premio, sino por el valor mismo de saber. Esa es la diferencia: deberíamos fomentar el valor del saber, el gusto por saber, saber por saber, amar el saber, querer saber para nada más que saber. Me remito a Aristóteles.

He visto muchos niños dedicar horas y horas a hacer operaciones aritméticas, como el japonesito del documental, qué mono, y no sacar nada en claro de tantas horas. El aprendizaje es un factor cualitativo, mientras que el esfuerzo es sólo cuantitativo. Para que el aprendizaje se produzca ha de producirse un salto, y eso no se da al cabo de horas, se da o no se da, se da por una vía o se da por otra, pero no insistiendo en al misma vía. El pobre japonesito sin juguetes se pasa horas haciendo fracciones, una tras otra. A eso no se le puede llamar esfuerzo, porque ya sabe: hacer trescientas en lugar de veinte es totalemente inútil, le están enseñando a repetir paradigmas, no a pensar, ni mucho menos a crear. En realidad está perdiendo el tiempo.

La dedicación a la adquisición de nuevos conocimientos tampoco es una cuestión de esfuerzo, sino que sólo lo parece. Si yo me paso tres horas leyendo sobre un tema para saber más sobre ese tema, no es por tener asumida la cultura del esfuerzo, sino por el gusto de saber más, por el placer personal que genera esa actividad. Desde fuera, parece que esté pasando un mal rato, no? Qué aburrido debe ser ese tocho que está leyendo, qué ganas debe tener de acabarlo. Pero no, a veces puedes tener ganas de seguir con él, y el tiempo se te escapa de las manos, y has de cerrar porque son las dos de la madrugada y al día siguiente has de levantarte pronto para ir a trabajar.

Al final, el choque entre el mundo de la vida y el mundo de las ideas resulta poner de manifiesto la oposición entre el esfuerzo y el saber: voy a esforzarme en irme a dormir, para mañana poder cumplir con mi obligación. Eso, como decía, Marina, que los niños aprendar a poner la obligación por delante del deseo. Harán los deberes, sí, pero no aprenderán a valorar el bien del saber.

Me decepcionó encontrar en este documental comentarios de gente a quien antes había valorado positivamente, como el propio Marina (me encantó su libro "El misterio de la voluntad perdida"), partidario de que en la escuela se implante el final del juego: no vamos al cole a aprender siendo felices, sino a cumplir con una obligación, como los mayores. O Quim Monzó, criticando la plastelina porque aún hay gente con 30 años que juega con ella. Y algunos pintores pintan mierdas con ceras y les pagan barbaridades, no? Ya lo entiendo: mi hijo hace maravillas con la plastelina, pero sus notas de plástica son normalitas; debe ser que en el curriculum no se valora la creatividad. Claro, una escuela que valora la creatividad dejará de enseñar a pensar, a ser divergente; porque los adultos divergentes son molestos, se incomodan, y a menudo se preguntan qué coño están haciendo, y se lo preguntan al de al lado, y cae la productividad.

Acabo con una anécdota: cuando hace un tiempo estuve en primaria, me encantaba dar las clases de naturales y sociales, por las oportunidades que tenía de introducir elementos divergentes, curiosidades científicas, etc. En general, la respuesta que obtenía del alumnado era: profe, déjese de rollos y hagamos las actividades del libro. Qué niños tan esforzados tenía!

Héloïse La Nouvelle