DEDICATORIA

Este blog está dedicado a los padres que se pasan horas y horas ante el televisor, mientras sus hijos pasan horas y horas ante la consola, y también está dedicado a los maestros que van al trabajo como quien va a la oficina, como una rutina más de su vida, que han perdido el afán de aprender (¿lo tuvieron alguna vez?) y por ello son incapaces de transmitir el más mínimo entusiasmo por los misterios del mundo a sus desafortunados alumnos.
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sábado, 5 de mayo de 2012

A propósito de la entrada "Un texto de Zweig sobre la burocracia escolar"


La lectura de este fragmento de Stefan Zweig me causa pensamientos y sentimientos contrarios. Por un lado, es difícil encontrar una explicación más lúcida y concisa de los mecanismos de dominación ideológica de clase y de reproducción de un orden social.  Cuando era un adolescente y devoré la biblioteca de mi hermano mayor, un troskista y simpatizante del F.R.A.P., con quien compartía habitación, y que tenía las obras completas de los clásicos de la revolución comunista (al poco tiempo me emnacipé de todo ese autoritarismo y misticismo político gracias a la lectura combinada de Hölderlin y Nietzsche), me obsesionaba la misma pregunta: ¿Cómo es posible que nuestro sistema capitalista y nuestras élites económicas, políticas y culturales sigan año tras año inmunes a la crítica y a la denuncia, conservando su posición hegemónica en el rumbo de nuestra vida social? Sólo años más tarde encontré la respuesta y no por vía de los libros y la reflexión, sino por un duro golpe de la realidad en toda mi cabeza. Me refiero a cuando empecé a trabajar de profesor de secundaria. La respuesta estaba en la escuela, y por extensión en la familia. Y si estas dos instituciones fallaban en su objetivo, siempre quedaba la empresa para terminar poniendo las cosas en su sitio.

Yo mismo no fui consciente de la eficacia de estos mecanismos de alienación de la conciencia hasta muchos años después. De hecho, hasta hace unos pocos años. Cuando nacieron mis hijos recibí el primer golpe. La relación emocional con mis hijos descubrió, en toda su crudeza, lo que había estado haciendo con mis alumnos de una forma inconsciente. Y el amor que sentía por ellos me empujó a rebelarme contra la ideología social que movía los hilos ocultos de mi práctica docente, “educadora” en la ideología dominante y “deseducadora” de la emancipación de esa misma ideología. Parece increíble las barbaridades que podemos hacer en la transmisión de saberes y valores, la violencia y el control social que podemos llegar a ejercer revestidas de las formas culturales más sutiles e idealizadas. Mi primer hijo tuvo que pagar mi particular proceso de transformación. El segundo se benefició con creces de mi emnacipación. Y poco a poco, mis alumnos fueron disfrutando niveles mayores de libertad y autonomía en mi relación docente con ellos. Los resultados académicos fueron dando paso a otras capacidades y experiencias que cobraban vida en mis clases para disfrute y alegría de todos. Lo más curioso del caso es que, cuanto más disfrutábamos de las clases, mejores resultados obteníamos. Y como pude comprobar en mi relación con ex-alumnos, duraderos en el tiempo. Porque la reflexión de mis alumnos desplazó la coacción y el castigo como medios para el aprendizaje.

Conozco a pocos profesores, a pesar de mi profesión. Quiero creer que somos unos cuantos los que pensamos lo mismo. Pero mi experiencia profesional me señala lo contrario. He dado clases por breve tiempo en la universidad, durante mucho tiempo, tal vez ya demasiado, en la escuela concertada, y llevo a mis hijos a la escuela pública, y me duele decir que he conocido a muy pocos profesores afines a lo aquí expuesto. La dominación ideológica y la reproducción del orden social sigue teniendo en la escuela uno de sus mecanismos principales. Se habla mucho de la violencia de los alumnos, de la irresponsabilidad de los padres, pero apenas se habla de la complicidad de los maestros y profesores en la legitimación de nuestro sistema social. Sólo con que un número significativo de ellos se preguntase para qué educamos y para quién educamos, con el honor intelectual puesto en la verdad, las escuelas se transformarían en espacios para la emancipación del ser humano. Los que trabajamos en la escuela concertada tenemos una mayor presión y mayores dificultades. Porque simplemente estamos expuestos al despido y a que se nos aplique una especie de “ley de hambre” para escarmiento del resto de docentes. Por esto mismo los funcionarios que trabajan en la escuela pública deberían ser la vanguardia de este proceso de emancipación, por sus condiciones laborales más favorables. Cuando se habla de la educación pública como un instrumento de la democracia y de la igualdad de oportunidades, sus defensores no deberían pasar como sobre ascuas por encima de este compromiso y responsabilidad si efectivamente creen en la libertad y la justicia social.

De los pedagógos y psicólogos escolares “orgánicos” mejor dejarlo para otra ocasión. A ver si nuestra Héloïsa nos vuelve a sorprender con otra entrada sobre esos fariseos de la educación, salvo honrosas excepciones, y nos inspira un nuevo comentario al respecto.

August Mann