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Este blog está dedicado a los padres que se pasan horas y horas ante el televisor, mientras sus hijos pasan horas y horas ante la consola, y también está dedicado a los maestros que van al trabajo como quien va a la oficina, como una rutina más de su vida, que han perdido el afán de aprender (¿lo tuvieron alguna vez?) y por ello son incapaces de transmitir el más mínimo entusiasmo por los misterios del mundo a sus desafortunados alumnos.
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jueves, 23 de agosto de 2012

Entrevista a Pennac


La sección de libros de La Vanguardia se ocupó el pasado día 21 de agosto del nuevo libro de Daniel Pennac, Diario de un cuerpo, y lo hizo con una entrevista que reproducimos aquí íntegramente. Puede leerse también en este enlace.



Daniel Pennac: "Las teorías psicosomáticas son una forma velada de dar lecciones morales"

El autor de libros 'Como una novela' y 'Mal de escuela', publica 'Diario de un cuerpo'

Libros | 21/08/2012 - 00:00h
Pedro Vallín
Madrid 


Para un escritor de éxito, más aún si el éxito es también crítico, no es fácil proveer su obra de nuevos desafíos. A Daniel Pennac (Casablanca 1944), autor de Como una novela y Mal de escuela (Anagrama y Mondadori, en castellano; Empúries, en catalán), se le ocurrió explorar una terra incognita de la literatura, la fe del cuerpo. Diario de un cuerpo (Mondadori/Empuries) emplea la forma del falso diario, el que el protagonista deja a su hija al morir, en el que da cuenta de cuanto le ocurre desde la perspectiva sensorial. Los cinco sentidos, y no la pisque, son la forma en que la biografía del protagonista llega hasta el lector. El falso diarista no trata de comunicar emociones, sino sensaciones, y así el autor habla de cuanto la narrativa apenas explora.

Una cuestión casi previa: uno de los términos que no se usa en el libro y que ni siquiera en las notas de prensa se menciona es el pudor, que planea sobre toda la novela, tanto desde la perspectiva del autor como la del lector. Todo el libro versa sobre lo habitualmente sobreentendido, lo no dicho. ¿Estuvo presente ese concepto de pudor durante la escritura?


Vamos a denominar el pudor de otro modo: hablemos del silencio. Porque en el fondo el ámbito del pudor es el campo inmenso de todo eso que no se dice. Y cuando buscamos, cuando levantamos ese manto de silencio, nos damos cuenta de que las palabras que cubre fundamentalmente están relacionadas con lo físico, con el cuerpo. De hecho, ya Montaigne decía que hablamos alegremente de robar, mentir, matar, engañar, pero no pronunciamos ninguno de los verbos relativos al cuerpo sin ruborizarnos. Y a Montaigne le parecía muy sorprendente. Así que desde ese punto de vista este libro está escrito sobre el silencio, como si cada página fuera un pequeño rectángulo de silencio.

¿Y eso le supuso problema, el temor de convocar el pudor del público?

Como autor no me planteó ningún problema porque el cuerpo era el sujeto y el objeto del libro. En cuanto al lector, en mi veterana experiencia, he visto a menudo que no sabemos nunca en qué momento vamos a producirle un shock al lector, las reacciones del lector son siempre inesperadas. Y por tanto es algo sensato no preocuparse de ellas porque de todos modos nos vamos a confundir. En un 75% de las veces reacciona de forma diferente a como habíamos pensado.

Uno de los juicios más chocantes del libro, no por motivos de pudor, es un pasaje muy corto en el que el personaje se indigna ante quien dice que no quiere visitar a un amigo en el lecho de la enfermedad porque prefiere guardar el recuerdo de cuando estaba bien, de su vitalidad. Este escrúpulo es muy propio de las ciudades, donde la enfermedad y la muerte son invisibles.


Esto es extraordinario. Hace un mes, perdí a un amigo, que era como un hermano, lo conocía desde 1969. Y mi mujer y yo lo habíamos acogido en casa durante los últimos meses de su vida. Casi hasta el final, porque los últimos días, a pesar de haber medicalizado una habitación, tuvo que trasladarse al hospital. Pues cuando lo trasladamos a casa, todo el mundo nos decía, "pero cómo es posible, no os dais cuenta de lo que estáis haciendo…". Pero es muy extraño porque está casi dentro del campo de los prejuicios, es como si prejuzgáramos la incapacidad de los demás de curarse los unos a los otros. Es un prejuicio absoluto. Cuando tienes en casa a alguien muy enfermo, después de tres días, sigues siendo consciente de que es alguien grave, muy enfermo, pero es una compañía como cualquier otra. Es mi viejo amigo, al cual conozco desde hace cuarenta años, él no ha cambiado, la enfermedad no ha modificado su naturaleza. Los cuatro o cinco cánceres que lo invaden no lo han modificado, es el mismo amigo con el cual he pasado cuarenta años de complicidad intelectual, de diversión, de lecturas, de enfados por razones políticas… es mi amigo, mi amigo del alma, y es normal que, si me ha abierto en tantas ocasiones las puertas de su casa, yo le acompañe a la puerta en el momento en que se va. Y esto se aplica a él como se aplica para mis padres, para otros amigos... Si no, es como si sólo pudiéramos vivir la vida con aquellos con quienes es agradable. Es como si me invitaras a cenar y sólo tomara el vino, o el postre. Y quiero añadir algo más.

Dígame.

Hay algo que detesto en esta actitud. Nos condena a todos a la soledad. Morimos totalmente solos porque tenemos amigos demasiado delicados. Es increíble. Es algo que oigo muy a menudo: "Prefiero guardar un recuerdo de él cuando era…". Vaya una mierda…, con perdón.

Hay algo que acompaña el libro y que supongo que habrá acompañado las entrevistas de esta promoción: un intento de convocar el espíritu del personaje cuando el diario que escribe tiene la vocación justamente contraria. Como si fuera imposible hablar del cuerpo sin que sea tomado como una metáfora.
¿Cómo se llama usted?

Pedro.

Mire, Pedro, no vale la pena que continuemos esta entrevista.

¿…?
Usted hace las preguntas buenas e importantes y encima las contesta bien.

Vaya, gracias…, lo siento. Sólo quería conversar sobre su novela.

Verá, esto es lo que a mí me parecía apasionante de este libro, desde el punto de vista literario. Describe un cuerpo con detalle para hacer el retrato de un espíritu, digamos si lo prefiere, un alma sin el elemento religioso. Es decir, una identidad, un temperamento. Ese ha sido el verdadero trabajo literario. Si quiere respuestas técnicas, las hay.

¿Por ejemplo?

Hay trucos, por ejemplo, la carta que le escribe a su hija de un lado a otro de la novela. Es uno de los recursos que he utilizado para crear ese sentimiento paradójico que usted ha tenido.

Pero hay un esfuerzo por huir de las interpretaciones al uso, sobre todo las de tipo freudiano que categorizan de un modo moral cada estado del cuerpo. En algún pasaje del libro alguien reflexiona sobre el atraso, el atavismo, de buscar, ante una enfermedad, el pecado que la origina, el error moral cometido por el sujeto de la patología.

Cierto, es el discurso psicosomático. Es verdad que cuando oigo estos discursos psicosomáticos -en general, hay una especie de monólogo psicosomático- me indigno. Porque la realidad psicosomática existe, que algunas de nuestras emociones tienen un efecto en el cuerpo es cierto. Pero la teorización psicosomática global es una forma velada de hacer moral, de dar lecciones de moral sin decirlo, apoyándose en una especie de base pseudocientífica.

Es una de las principales impugnaciones del libro, precisamente el discurso habitual en relación con el cuerpo, una culpabilización que está en la religión pero también en el psicoanálisis.

El problema del psicoanálisis, cómo decirlo, es que el psicoanálisis no existe, lo que existen son psicoanalistas. Justamente al revés de lo que ocurre con el comunismo: el comunismo existe, pero los comunistas no existen, porque siempre se plantea una cuestión de poder y entonces lo confiscan, así que ya no son comunistas. El psicoanálisis, como teoría general es risible. Sin embargo cuando me encuentro con un psicoanalista, digo "mira, un practicante, qué bien".

No sé si le entiendo.

Porque él no practica el psicoanálisis como una cultura, no la confisca como un poder cultural. La utiliza como herramienta que funciona de vez en cuando.

Al principio de su novela, cuando el protagonista explica a su hija la relación que las generaciones sucesivas han ido teniendo con el cuerpo, admite que él es un tipo del siglo XIX, pero considera que las generaciones posteriores siguen sin haber normalizado la relación con lo físico, lo sensorial. En España, tras el nacionalcatolicismo, se pasó de considerar el sexo como un tabú a convertirlo en un mito pagano: se vincula el cuerpo a un ámbito sagrado de la dignidad.

Hoy asistimos a una exposición llevada al extremo del cuerpo. Sea a través de la publicidad, del porno, de la representación médica —que retrata el cuerpo por dentro y por fuera de mil modos—, el cuerpo está infinitamente expuesto. Y sin embargo la relación privada de cada uno de nosotros con nuestro cuerpo sigue siendo tan secreta como en el siglo XIX. Soy francés y no hablo del siglo XIX por casualidad…

Explíquese.

Pues creo que el pudor, la noción de pudor que comentábamos antes, ese manto de silencio, en Francia empieza alrededor de 1830, justo después del romanticismo. De pronto, aparece una burguesía que empieza a trabajar para pagar toda la vajilla rota por Napoleón en Europa, empezando por España. Había que devolver todo eso, y ahí hay, en esos matrimonios burgueses de la época, la esencia del contrato económico: la familia de él se casa con la de ella para fijar una alianza de dos empresas, por ejemplo. Eso, ese capitalismo patrimonial, dura un siglo y medio y va a disolverse con el nacimiento del capitalismo de las multinacionales y la globalización que pondrá fin a ese modelo. Toda esa gente que eran jefes, se convierten en asalariados y en esos años van a empezar a divorciarse, pero hasta entonces no podían hacerlo, porque el matrimonio era un contrato económico, y en el interior, para que se mantuviera había que anular el cuerpo. No podía acostarse uno con la chica de su clase social de la familia de al lado. Por eso en el siglo XIX, la consecuencia de todo eso es que había una sexualidad burguesa muy ligada a la prostitución, con las bailarinas de la ópera, por ejemplo, a las que llamábamos “las ratitas de la ópera”, que suponían una reserva de posibles amantes para la burguesía bien instalada. Y esto es algo totalmente nuevo porque en el siglo precedente, incluso en los dos siglos anteriores, en la corte de Luis XIV mismamente, había alianzas por el nombre, entre familias, pero no eran alianzas económicas, y ahí todo el mundo se acostaba con todo el mundo. Había una especie de mezcolanza sexual en Versalles absolutamente increíble. De ahí el interés de la novela La princesa de Cléves [anónimo de 1678 considerado por muchos el inicio de la novela psicológica] que es el rechazo de esta disolución del cuerpo en un amor plural. Después de la revolución aparece esta aventura napoleónica increíble, exaltación inusitada del cuerpo violento. Hay una frase muy emblemática de aquella época, cuando Napoleón le envía un mensaje a Josefina, "No te laves, que llego". Alrededor de eso hay toda una filosofía del amor físico. Después de la aventura napoleónica, durante unos 15 años, la aventura romántica es una exposición hasta el extremo, hasta el suicidio. Y de pronto llega 1830 y dejamos de reírnos.

Buf.

Llegó el concepto de pudor, en cuya página en blanco mi narrador escribe su diario. Pero, bueno, yo no acabo de ver ese misticismo actual del que habla, quizá porque no somos de la misma generación.

Le pongo un ejemplo: no hay organizaciones que vigilen y persigan la venta de la conciencia, entendiendo que forme parte del núcleo duro de la dignidad. Un político, un periodista, un escritor…, puede poner su conciencia en venta al mejor postor. Sin embargo sí las hay que luchan contra el comercio del cuerpo.

Sí, pero esto es lo que permanece, lo que queda de ese pudor burgués que privilegia los estados del cuerpo mientras que tiene tendencia a prostituir los estados mentales. Cualquiera vende sus convicciones a cualquier precio. Pero establecido esto, considero que el cuerpo no es una mercancía. Porque si lo considero una posible mercancía sexual, poco a poco, por qué limitarme al sexo.

¿Venta de órganos?

Claro, puedo adoptar esa posición dando por normal el comercio de órganos, que sea normal que una pequeña brasileña de una favela que sea fuerte venda su riñón para comprarse un iPhone. Hay que desconfiar. Y de hecho creo que el cuerpo no es una mercancía y tampoco los libros.

Esto requiere un desarrollo.

Quizá en España también ocurre. En Francia hay una política de precio único.

Sí, aquí también.


Pues sirve para evitar la especulación y me ha sorprendido constatar que los argentinos tienen la misma ley. Me encanta esta política, el libro no es una mercancía como las demás. Es un producto que debe tener un precio único de modo que sea accesible al mayor número de personas. Y de hecho me parece que son muy caros los libros…
…Incluidos los míos.


Una cuestión de estilo: Cuando uno hace un falso diario tiene que conjugar un lenguaje verosímil para que no parezca obra de un literato, aunque su protagonista es obvio que tiene una buena instrucción ya con 13 años. ¿Cómo fue conjugando a lo largo de la novela el lenguaje de cada edad?

Formalmente, en realidad, muy pronto adquiere un lenguaje maduro, como un pequeño adulto. Es lo que podemos encontrar en la correspondencia entre el joven Baudelaire y su madre. Cuando las lees, esas cartas son increíbles, pero si prestas atención te das cuenta de que son cartas escritas por un niño. Yo quería reproducir ese fenómeno. Formalmente, este niño escribe como un adulto, pero es en su actitud y razonamiento, su capacidad para reflexionar de forma cada vez más sutil, donde vemos que va cumpliendo años. No sé si lo he logrado pero quería ir en esa dirección. Los pasajes que escribe cuando tiene 75 años, por ejemplo, no podría haberlos escrito un niño. Sin embargo, cuando tiene 13 años y escribe "también quiero escribir el diario de mi cuerpo porque todo el mundo habla de otra cosa" es una observación que un niño espabilado puede hacer, sobre todo porque lee los diarios íntimos de otros chicos de su edad y le parece que escriben de cualquier cosa. Claro, escriben a partir de la emoción. Y de repente dice "yo dentro de 50 años quiero que lo que escribo hoy diga lo mismo entonces". Y puede escribir eso con 13 años.

El personaje llega a escribir “tengo que recordar no escribir en el fragor de las emociones, dejarlas reposar”.

Sí, porque odia los diarios íntimos, a causa a la turbación que la emoción proyecta en la frase. Y de hecho es cierto. Yo de los 18 a los 19 años escribí un diario íntimo y todo lo que escribía era producto de la emoción, de la convulsión, y muy rápidamente pasaba a la opinión general, a la petición de principios. Sin embargo, unas semanas después, al releerlo, me parecía que no tenían sentido ninguno, ningún interés.

sábado, 7 de julio de 2012

ENTREVISTA A DANIEL PENNAC

La Revista de Cultura del diario Clarín publica este mes una entrevista al pedagogo y novelista francés Daniel Pennac, que ha inspirado en buena medida la filosofía de este blog.

La entrevista puede verse en este enlace: entrevista a Pennac. No obstante, la reproducimos seguidamente.

Daniel Pennac: “El 99% de la literatura industrial es basura”

Las relaciones entre literatura y escuela han sido siempre complejas y el francés Daniel Pennac las aborda con notable oficio narrativo. En Señores niños le da una nueva vuelta de tuerca al tema. Aquí, habla de estas y otras obsesiones.

POR Hector Pavon


El inicio de Señores niños, de Daniel Pennac, está destinado a convertirse en un clásico universal. Un grupo de alumnos es reprendido por haberse burlado de su profesor, quien les impone el “castigo” de escribir una redacción a partir de esta consigna: “Despierta usted cierta mañana y comprueba que, por la noche, se ha transformado en adulto. Enloquecido, corre a la habitación de sus padres. Se han transformado en niños”. Es posible que el viejo profesor (también de Pennac) haya elaborado esta sanción creativa pensando en La metamorfosis de Kafka: el despertar monstruoso los ha convertido en adultos. Pennac estuvo en Buenos Aires, habló de su libro y, claro, de la educación.

Usted acostumbra a incluir en sus novelas a personas del mundo de la escuela real. ¿Se reencontró con alguno de ellos?

La mayoría ya ha muerto. Un profesor de filosofía, del cual hablo en este libro, me escribió diciendo “estoy muy halagado de haberlo marcado tanto en su vida, me impresionó mucho, sobre todo porque no tengo ningún recuerdo de usted”. Un profesor ve a ciento veinte alumnos por cada año de los cuarenta que trabaja como tal, lo que resulta cuatro mil ochocientos alumnos. El no se acordaba de mí, y es cierto que yo era un alumno bastante tapado, ocupaba mi lugar en el fondo de la clase.

¿Y cómo quedaron retratados los demás profesores?

El de francés era un hombre que transformó a muy malos alumnos. Y como yo era muy mal alumno, inventaba excusas por no haber hecho la tarea, decía mentiras. Y ese profesor, en lugar de enfrentar mis mentiras desde el ángulo moral, lo hacía desde la producción de una ficción, y me pidió que escribiera una novela. Es decir, él explotó mi aptitud y eso fue pedagógicamente genial.

¿Y esta ficción lo lleva a ver diferencias entre la escuela a la que usted asistió y la de hoy?

Sí. En mis tiempos, los niños no eran los clientes de la sociedad de consumo. Es decir, yo usaba la ropa que dejaban mis hermanos, comía lo mismo que mis padres, a la misma hora, íbamos de vacaciones al mismo lugar, todos juntos. Es decir, solamente los adultos eran clientes de la sociedad de consumo Hoy, los niños son clientes completos, como los adultos, de la sociedad comercial. Tienen teléfonos, ropas, alimentos, distracciones en particular. Desde niños tienen la tv en el cuarto que los bombardea con publicidades que se dirigen a sus deseos. Deseos, deseos, deseos, que entran en conflicto con sus necesidades que se vuelven elementales, esenciales. Y no lo son, son deseos superficiales. Las necesidades esenciales son de otra naturaleza: aprender a leer, a escribir, a comprender, a contar. Lo que caracteriza a la escuela contemporánea es ese conflicto entre necesidades y deseos.

Usted ha hablado del papel de la tv. ¿La tv educativa existe o es un oxímoron?

Eso depende de lo que uno pone en el adjetivo “educativo”. ¿Una tv informativa, es educativa? ¿Una tv cuyo rol es informarte únicamente que existe un nuevo IPod es educativa? No, es informativa. Ni siquiera. Es publicidad. Cuando mi hija era pequeña, no teníamos tv en casa y todo el mundo nos decía “ustedes están locos, no se va a integrar en la escuela porque allí todos hablan de eso…”. No me importa. Hoy ella tiene 30 años y es un ser de una independencia intelectual que me maravilla. No va a suicidarse si su tv se descompone –tampoco tiene–, no se va a suicidar si no cambia su teléfono. No tiene IPod. Estoy muy contento como padre de haber logrado eso.

¿Y la pedagogía, es un territorio de maestros, o los padres también deben ser pedagogos?

Los padres hacen lo que pueden en materia de pedagogía. Ya Freud le decía a los padres: “Hagan lo que quieran, siempre lo harán mal”. Porque la relación entre padre e hijo, entre madre e hijo, es demasiado implicada, empática para ser pedagógicamente eficaz. En pedagogía, es necesaria cierta indiferencia. Para que yo sea un buen profesor para vos, es casi necesario que no seas mi hijo, que yo no sea tu padre.

¿Es usted un buen lector?

¿Qué es un buen lector?

Alguien que puede reflexionar sobre lo que lee, que obtiene algo, que lo puede transmitir…

Había un crítico literario francés, Albert Thibaudet, que decía que había “lectores” y “leedores”. Entonces, Héctor, yo sería uno de los “leedores”, el que mantiene una relación intelectual con lo que lee, que puede cuestionar. Por supuesto, el libro me acompaña intelectualmente, es decir, que mi lectura no está estrictamente limitada a lo emocional. Sería eso, el lector limita su lectura a un conjunto de emociones: la comisión, la distracción, la risa...

Sólo en la Argentina se editan cerca de doscientos títulos mensuales. ¿No le genera cierta angustia saber que se edita tanto y que se puede leer tan poco?

No hay que tener miedo, porque eso sólo produce malos reflejos. Hay que categorizar. Hay muchos libros, sí, pero muchos no lo son. Habría que ver cuántos o cuáles de esos doscientos son “libros”. Excluís todos los que son artículos de diarios inflados; biografías de imbéciles, los que consideran que su vida es importante porque la televisión les dio el carnet de Andy Warhol. No los leés. Luego, están los libros de circunstancias, sobre un acontecimiento particular. Y eso suma el 80% de lo publicado. Quedarán una veintena de libros que serán novelas, ensayos importantes que permitan aclarar la actualidad, etcétera. El resto es basura.

¿Usted tira libros?

¿Si los tiro? ¡Claro!

¿Por qué?

¡Porque son malos! La edición se convirtió en una industria. Antes era un artesanado. Esa industria produce literatura industrial. El 99% de lo que produce la literatura industrial es basura. No son productos manufacturados, es literatura y asuntos sentimentales, estereotipados. Eso se tira.

¿Son necesarios los rituales para leer?

Creo en la fisiología del lector. En el acto de leer hay algo físicamente delicioso. El momento en que uno toma un libro y va al sillón: asociado al placer del texto, está la posición del cuerpo en un sillón. Creemos que nos sentimos solos con la lectura, pero en realidad, nos metemos en la escena. Es una especie de acto teatral íntimo. Uno pone la lectura en escena y nadie lo sabe, sólo nosotros. Los demás ven leer, sólo eso. Pero si hacemos el esfuerzo de descomponer ese acto, percibimos que hay una puesta en escena de la intimidad del lector con el libro.