publica este mes una entrevista al pedagogo y novelista francés Daniel Pennac, que ha inspirado en buena medida la filosofía de este blog.
. No obstante, la reproducimos seguidamente.
El inicio de
Señores niños, de Daniel Pennac, está destinado a
convertirse en un clásico universal. Un grupo de alumnos es reprendido
por haberse burlado de su profesor, quien les impone el “castigo” de
escribir una redacción a partir de esta consigna: “Despierta usted
cierta mañana y comprueba que, por la noche, se ha transformado en
adulto. Enloquecido, corre a la habitación de sus padres. Se han
transformado en niños”. Es posible que el viejo profesor (también de
Pennac) haya elaborado esta sanción creativa pensando en La metamorfosis
de Kafka: el despertar monstruoso los ha convertido en adultos. Pennac
estuvo en Buenos Aires, habló de su libro y, claro, de la educación.
Usted acostumbra a incluir en sus novelas a personas del mundo de la escuela real. ¿Se reencontró con alguno de ellos?
La mayoría ya ha muerto. Un profesor de filosofía, del cual hablo en
este libro, me escribió diciendo “estoy muy halagado de haberlo marcado
tanto en su vida, me impresionó mucho, sobre todo porque no tengo ningún
recuerdo de usted”. Un profesor ve a ciento veinte alumnos por cada año
de los cuarenta que trabaja como tal, lo que resulta cuatro mil
ochocientos alumnos. El no se acordaba de mí, y es cierto que yo era un
alumno bastante tapado, ocupaba mi lugar en el fondo de la clase.
¿Y cómo quedaron retratados los demás profesores?
El de francés era un hombre que transformó a muy malos alumnos. Y como
yo era muy mal alumno, inventaba excusas por no haber hecho la tarea,
decía mentiras. Y ese profesor, en lugar de enfrentar mis mentiras desde
el ángulo moral, lo hacía desde la producción de una ficción, y me
pidió que escribiera una novela. Es decir, él explotó mi aptitud y eso
fue pedagógicamente genial.
¿Y esta ficción lo lleva a ver diferencias entre la escuela a la que usted asistió y la de hoy?
Sí. En mis tiempos, los niños no eran los clientes de la sociedad de
consumo. Es decir, yo usaba la ropa que dejaban mis hermanos, comía lo
mismo que mis padres, a la misma hora, íbamos de vacaciones al mismo
lugar, todos juntos. Es decir, solamente los adultos eran clientes de la
sociedad de consumo Hoy, los niños son clientes completos, como los
adultos, de la sociedad comercial. Tienen teléfonos, ropas, alimentos,
distracciones en particular. Desde niños tienen la tv en el cuarto que
los bombardea con publicidades que se dirigen a sus deseos. Deseos,
deseos, deseos, que entran en conflicto con sus necesidades que se
vuelven elementales, esenciales. Y no lo son, son deseos superficiales.
Las necesidades esenciales son de otra naturaleza: aprender a leer, a
escribir, a comprender, a contar. Lo que caracteriza a la escuela
contemporánea es ese conflicto entre necesidades y deseos.
Usted ha hablado del papel de la tv. ¿La tv educativa existe o es un oxímoron?
Eso depende de lo que uno pone en el adjetivo “educativo”. ¿Una tv
informativa, es educativa? ¿Una tv cuyo rol es informarte únicamente que
existe un nuevo IPod es educativa? No, es informativa. Ni siquiera. Es
publicidad. Cuando mi hija era pequeña, no teníamos tv en casa y todo el
mundo nos decía “ustedes están locos, no se va a integrar en la escuela
porque allí todos hablan de eso…”. No me importa. Hoy ella tiene 30
años y es un ser de una independencia intelectual que me maravilla. No
va a suicidarse si su tv se descompone –tampoco tiene–, no se va a
suicidar si no cambia su teléfono. No tiene IPod. Estoy muy contento
como padre de haber logrado eso.
¿Y la pedagogía, es un territorio de maestros, o los padres también deben ser pedagogos?
Los padres hacen lo que pueden en materia de pedagogía. Ya Freud le
decía a los padres: “Hagan lo que quieran, siempre lo harán mal”. Porque
la relación entre padre e hijo, entre madre e hijo, es demasiado
implicada, empática para ser pedagógicamente eficaz. En pedagogía, es
necesaria cierta indiferencia. Para que yo sea un buen profesor para
vos, es casi necesario que no seas mi hijo, que yo no sea tu padre.
¿Es usted un buen lector?
¿Qué es un buen lector?
Alguien que puede reflexionar sobre lo que lee, que obtiene algo, que lo puede transmitir…
Había un crítico literario francés, Albert Thibaudet, que decía que
había “lectores” y “leedores”. Entonces, Héctor, yo sería uno de los
“leedores”, el que mantiene una relación intelectual con lo que lee, que
puede cuestionar. Por supuesto, el libro me acompaña intelectualmente,
es decir, que mi lectura no está estrictamente limitada a lo emocional.
Sería eso, el lector limita su lectura a un conjunto de emociones: la
comisión, la distracción, la risa...
Sólo en la Argentina se
editan cerca de doscientos títulos mensuales. ¿No le genera cierta
angustia saber que se edita tanto y que se puede leer tan poco?
No hay que tener miedo, porque eso sólo produce malos reflejos. Hay que
categorizar. Hay muchos libros, sí, pero muchos no lo son. Habría que
ver cuántos o cuáles de esos doscientos son “libros”. Excluís todos los
que son artículos de diarios inflados; biografías de imbéciles, los que
consideran que su vida es importante porque la televisión les dio el
carnet de Andy Warhol. No los leés. Luego, están los libros de
circunstancias, sobre un acontecimiento particular. Y eso suma el 80% de
lo publicado. Quedarán una veintena de libros que serán novelas,
ensayos importantes que permitan aclarar la actualidad, etcétera. El
resto es basura.
¿Usted tira libros?
¿Si los tiro? ¡Claro!
¿Por qué?
¡Porque son malos! La edición se convirtió en una industria. Antes era
un artesanado. Esa industria produce literatura industrial. El 99% de lo
que produce la literatura industrial es basura. No son productos
manufacturados, es literatura y asuntos sentimentales, estereotipados.
Eso se tira.
¿Son necesarios los rituales para leer?
Creo en la fisiología del lector. En el acto de leer hay algo
físicamente delicioso. El momento en que uno toma un libro y va al
sillón: asociado al placer del texto, está la posición del cuerpo en un
sillón. Creemos que nos sentimos solos con la lectura, pero en realidad,
nos metemos en la escena. Es una especie de acto teatral íntimo. Uno
pone la lectura en escena y nadie lo sabe, sólo nosotros. Los demás ven
leer, sólo eso. Pero si hacemos el esfuerzo de descomponer ese acto,
percibimos que hay una puesta en escena de la intimidad del lector con
el libro.